"10 Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. 11 Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. 12 Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron".

Mt. 5.10-12

Armonía asombrosa

"Ernest Hello continúa: "El mundo sobrenatural, como el mundo natural, contiene unidad en la variedad y este es el significado de la palabra Universo. Los elegidos [los Santos] varían entre ellos en inteligencia, actitud, vocación. Tienen diferentes dones y diferentes gracias. Sin embargo, una similitud invisible se encuentra en el fondo de la gran diversidad. Todos llevan el mismo signo: el signo del mismo Dios. Sus vidas, todas prodigiosamente diferentes entre sí, contienen la misma enseñanza en idiomas muy diferentes. En su variedad nunca son contradictorios. Todos están vinculados a la historia, mezclados con sus innumerables complicaciones; sin embargo, la pureza de la enseñanza que nos traen está absolutamente intacta... Todos tienen la misma fe; todos cantan el mismo Credo. ¿No les parece esta unanimidad sorprendente?".

La llamada a la santidad

El Obispo de Roma Francisco explica muy bien cuál es el camino a la santidad y lo repite a menudo: "...todos estamos llamados a la santidad. Los Santos y Santas de todos los tiempos, que hoy celebramos juntos, no son simplemente símbolos, seres humanos lejanos e inalcanzables. Por el contrario, son personas que han vivido con los pies en la tierra; han experimentado el trabajo diario de la existencia con sus éxitos y fracasos, encontrando en el Señor la fuerza para levantarse siempre y continuar en el camino. A partir de esto podemos entender que la santidad es una meta que no puede ser alcanzada por las propias fuerzas, sino que es el fruto de la gracia de Dios y nuestra libre respuesta a ella. Así pues, la santidad es un don y una llamada... es una vocación común a todos los cristianos, a los discípulos de Cristo; es el camino de la plenitud que todo cristiano está llamado a seguir en la fe, avanzando hacia la meta final: la comunión definitiva con Dios en la vida eterna. La santidad se convierte así en una respuesta al don de Dios, porque se manifiesta como una asunción de responsabilidad. En esta perspectiva, es importante comprometerse diariamente a la santificación en las condiciones, deberes y circunstancias de nuestra vida, buscando vivir todo con amor, con caridad" (Ángelus, 1 de noviembre de 2019).

No sólo los santos del calendario

El Obispo de Roma continúa: "También los santos: respiran como todos, el aire contaminado por el mal que hay en el mundo, pero en el camino no pierden nunca de vista el camino de Jesús, el indicado en las Bienaventuranzas, que son como el mapa de la vida cristiana. Hoy es la fiesta de los que han alcanzado la meta indicada en este mapa. No sólo los santos del calendario, sino muchos hermanos y hermanas "de al lado", a los que quizás hayamos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta familiar, de mucha gente sencilla y oculta que en realidad ayuda a Dios a sacar adelante al mundo”. (Angelus, 1 de noviembre de 2017)

¿Cómo se convierte uno en santo?

La exhortación apostólica Gaudete et exsultate trata de la llamada a la santidad: el Obispo de Roma busca "encarnarla en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades". Porque el Señor nos ha elegido a cada uno de nosotros para ser santos e inmaculados ante Él en la caridad (Ef 1:4)". (GE 2).

Convertirse en santos es posible siguiendo la gran regla que Jesús nos dejó y que encontramos en el Evangelio de Mateo. El Papa Francisco escribe: "Si buscamos esa santidad que es agradable a los ojos de Dios, en este texto encontramos precisamente una regla de comportamiento por la cual seremos juzgados: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a visitarme (Mt 25, 35-36)... Ser santo no significa, por tanto, acristalar los ojos en un supuesto éxtasis. San Juan Pablo II dijo que "si nos alejamos verdaderamente de la contemplación de Cristo, debemos ser capaces de verlo especialmente en los rostros de aquellos con los que él mismo quiso identificarse". El texto de Mateo 25, 35-36 "no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que arroja un rayo de luz sobre el misterio de Cristo". En esta llamada a reconocerlo en los pobres y en el sufrimiento se revela el corazón mismo de Cristo, sus sentimientos y sus opciones más profundas, a las que todo santo trata de conformarse" (GE 95-96).

El cielo y la tierra, dos dimensiones de la Iglesia

El Obispo Emérito de Roma Benedicto XVI observó: "Esta fiesta nos hace reflexionar sobre el doble horizonte de la humanidad, que expresamos simbólicamente con las palabras "tierra" y "cielo": la tierra representa el viaje histórico, el cielo la eternidad, la plenitud de la vida en Dios. Y así esta fiesta nos hace pensar en la Iglesia en su doble dimensión: la Iglesia en camino en el tiempo y la que celebra la fiesta sin fin, la Jerusalén celestial. Estas dos dimensiones están unidas por la realidad de la "comunión de los santos": una realidad que comienza aquí en la tierra y llega a su cumplimiento en el Cielo" (Ángelus, 1 de noviembre de 2012). Recuperado de: www.vaticannews.va - solemnidad de todos los santos- reflexión.

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