ORDO - CALENDARIO LITÚRGICO

Domingo XVI después de Trinidad - Septiembre 20 de 2015

"No se desanimen a causa de las tribulaciones que padezco por

ustedes: ¡ellas son su gloria!"

(Ef. 3,13)

"Que Cristo habite en sus corazones  por la fe, y sean arraigados y

edificados en el Amor"

(Ef. 3, 17)

 

COMENTARIO BÍBLICO AL EVANGELIO DE SAN (Lc. 7,11-17)

     Este relato evangélico nos rememora la resurrección de un joven difunto, hijo de una viuda del pueblo galileo de Naín, cerca de Tabor. Ya en el Antiguo Testamento los  profetas Elías y Eliseo habían sido protagonistas de la resurrección de jóvenes, hijos de madres desconsoladas (cf. 1Re 17,17-24; 2Re 4,8-37).

     "El profeta Elías con su oración confiada y sus gestos de calor devuelve el alma de un joven difunto (cf. 1Re 17,17-24). Esto provoca la confianza de la madre en el profeta, que queda ratificado como enviado del Señor: Ahora sé de cierto que eres un hombre de dios y que son del Señor las palabras que anuncias. Jesús lleva a plenitud el Antiguo Testamento. Si el profeta Elías revivifica al chico con gestos y la oración, Jesús resucita al difunto con la fuerza de su palabra; su  palabra de orden resulta efectiva. Mientras el profeta reza a Dios, el único que puede devolver a  la vida un difunto, Jesús, en cambio, por su voluntad, expresada en la orden que da, es quien resucita al joven.

     La reacción de la gente resulta lógica. Tal manifestación de poder divino provoca, a su vez, el susto y la alabanza. El susto porque abre la puerta a un poder totalmente trascendente a las posibilidades humanas. La alabanza porque este poder aparece como benéfico y salvador de las debilidades humanas. El relato concluye con una confesión de fe por parte de la gente: Dios ha visitado a su pueblo. La “visita de Dios” es una expresión del Antiguo Testamento por significar la decisión de salvar al pueblo en una situación difícil: así Dios visita el pueblo esclavo en Egipto, y lo visita igualmente cuando los enemigos lo mantienen subyugado, para salvarlo. En Jesús, Dios ha visitado y redimido a su pueblo. De esta manera, la profecía de Zacarías, el padre de Juan Bautista, se ha cumplido (cf. Lc 1,68.78).

     En Jesús se nos hace presente el Dios de la vida que quiere que la humanidad sufriente se levante de sus llagas, y, por eso, también nosotros lo alabamos.

¿Qué nos comunica el texto?

     Intenta  pasar del texto a la persona de Jesús. Escucha qué dice, qué camino te invita a recorrer. Si nos fijamos en lo que Jesús hace y dice, lo primero que encontramos es que “iba camino de una ciudad...”. Jesús va hacia la gente, siempre está entrando en los lugares donde la gente vive sus alegrías y sus penas, sus luchas, su vida y su muerte.  Jesús va acompañado de los discípulos y se encuentra con “mucha gente del pueblo” que “acompaña” a aquella mujer viuda que había perdido a su hijo. La gente del pueblo está dolorida por la desgracia que ha caído sobre aquella pobre mujer sin marido y, ahora, sin hijo; ¿qué futuro le espera? En esta escena, pues, se pone de relieve la dimensión comunitaria, social, de la vida humana. Dimensión que viven de manera especialmente intensa los que siguen a Jesús.

     El imperativo “levántate” es común a varios hechos parecidos a este que nos presentan los evangelios. El verbo es de los que se utilizan para hablar de la resurrección de Jesús. Jesús ha obrado el signo de devolver la vida a un joven, no por la fe de la gente, sino porque se ha sentido “tocado” por el dolor y la desgracia.

    “Se lo entregó a su madre”: la acción de Jesús es siempre gratuita, siempre pretende el bien de las personas, directamente. Que haya vida, que se viva el amor. Que se formule la fe será un de esta gratuidad. Esta formulación de la fe es, aquí, una reacción de “todos”: “daban gloria a Dios”. El comentario que hacen, diciendo que ha surgido “un gran profeta”, se corresponde también a un reconocimiento habitual en los evangelios.

     El otro comentario, “Dios ha visitado a su pueblo”, es una idea que Lucas ya resalta en su prólogo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel: ha visitado a su pueblo y lo ha redimido (Lc 1,68) y que va desarrollando a lo largo del evangelio. Una visita que, ciertamente, esta mujer viuda y su hijo han experimentado. “Este hecho de Jesús se divulgó” no sólo por el “país de los judíos” sino también por las regiones habitadas por paganos de los alrededores de Galilea (norte, este y sur). La misión entre los paganos se va haciendo realidad. Si esto es la visita de Dios a su pueblo, quiere decir que el pueblo de Dios se ha ensanchado absolutamente.

¿Qué le podemos decir a Dios?

     Llevas tiempo acompañando a Jesús, formas parte de su comitiva de vida; ¡Cuantas veces has sido testimonio de la fuerza de su palabra! Has podido acompañar, con Él, a jóvenes, madres, padres, niños... amenazados por la muerte, por peligros, por abandonos, por fracturas familiares, por la pobreza y la explotación... En compañía de Jesús te has dado cuenta del mal que impera y se apodera de la vida de los más débiles. Contempla la compasión de Jesús, icono del Padre compasivo y benigno. Una compasión que pasa por intentar consolar a la mujer: “no llores”, por “acercarse” y “tocar”. Compadecerse y tocar no revelan de Dios un sentimiento débil, postizo, distante..., sino que es la expresión más viva y punzante de la esencia de Dios: Dios es compasivo, misericordia.  Contempla el Jesús portador de vida nueva. Dirá: Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25). Con Jesús aprendes que, más que horrorizarte, de lejos, por las grandes desgracias que afligen a la humanidad, debes ser capaz de compadecerte con ternura de las personas más cercanas, acompañarlas con tu palabra adecuada y tus gestos eficaces.

       Jesús, aquel que ha consolado a la madre y ha tocado el féretro, es el “Señor”. Con el título de “Señor” se quiere expresar la condición divina de Jesús. El Señor “visita” las situaciones más dolorosas y desesperanzadas de las personas".

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