Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad,

porque no hablará por sí mismo,

sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

Jn. 16, 13

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO IV DOMINGO DE PASCUA

"El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: «Jesús es el Señor» (cf. 1 Co 12, 3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que en la lectura de la Biblia tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de la Iglesia no es sino el desarrollo de lo que se dice con esta sencilla afirmación: «Jesús es Señor». De esta profesión de fe san Pablo nos dice que se trata precisamente de la palabra y de la obra del Espíritu. Si queremos estar en el Espíritu Santo, debemos adherirnos a este Credo. Haciéndolo nuestro, aceptándolo como nuestra palabra, accedemos a la obra del Espíritu Santo. La expresión «Jesús es Señor» se puede leer en los dos sentidos. Significa: Jesús es Dios y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad sobre nosotros mismos. Dejarse iluminar en lo más profundo por esta palabra es el acontecimiento de Pentecostés. Al rezar el Credo entramos en el misterio del primer Pentecostés: del desconcierto de Babel, de aquellas voces que resuenan una contra otra, y produce una transformación radical: la multiplicidad se hace unidad multiforme, por el poder unificador de la Verdad crece la comprensión. En el Credo, que nos une desde todos los lugares de la Tierra, se forma la nueva comunidad de la Iglesia de Dios, que, mediante el Espíritu Santo, hace que nos comprendamos aun en la diversidad de las lenguas, a través de la fe, la esperanza y el amor". Recuperado de: Obispo Emérito de Roma Papa Benedicto XVI, 12 de junio de 2011

ERAN CONSOLADOS CON SU PRESENCIA. San Agustín

Homilía de San Agustín, obispo

Tratado 94 sobre el Evangelio de san Juan

"El Señor Jesús, después de haber predicho a sus discípulos las persecuciones que iban a padecer tras su partida, ha añadido y aseverado: «Ahora bien, no os dije desde el inicio estas cosas, porque estaba con vosotros; ahora, en cambio, voy a este que me ha enviado», donde ha de estudiarse con atención, si no les había predicho antes los sufrimientos futuros. Pero los otros tres evangelistas demuestran suficientemente que él lo había predicho antes que se viniera a la cena, terminada la cual, habló de ello, según Juan, cuando aseveró: Ahora bien, no os dije desde el inicio estas cosas, porque estaba con vosotros.

¿O quizá se resuelve esta cuestión precisamente porque aquéllos narran también que él había estado próximo a la pasión cuando decía estas cosas? No dijo, pues, estas cosas desde el inicio, cuando estaba con ellos, porque las dijo al ir ya a marcharse y encaminarse ya al Padre y, por tanto, también según esos evangelistas es verdad lo que aquí está dicho: Ahora bien, no os dije desde el inicio estas cosas.

Pero ¿qué hacemos de la veracidad del evangelio según Mateo, el cual menciona que estas cosas fueron notificadas por el Señor no sólo cuando, inminente la pasión, iba ya a cenar con los discípulos la Pascua, sino también desde el inicio, cuando por vez primera se designa nominalmente a los doce apóstoles y son enviados a obras divinas?

 ¿Qué significa, pues, lo que aquí asevera: «Ahora bien, no os dije desde el inicio estas cosas, porque estaba con vosotros», sino que estas cosas —las que aquí dice del Espíritu Santo: que va a venir a ellos y va a dar testimonio, cuando van a padecer los males esos— no se las dijo desde el principio, porque estaba con esos mismos? Ese consolador, pues, o abogado —por cierto, una y otra cosa se traduce lo que en griego es parákletos—, había sido necesario al irse Cristo, mas acerca de él no había hablado desde el inicio, cuando estaba con ellos, precisamente porque eran consolados con su presencia".

En el mes de mayo, cuando honramos a nuestra Madre del cielo, la Bienaventurada siempre Virgen Santa María, oremos por las Familias, para que Ella, en su inmaculado corazón las guarde de todas las acechanzas del enemigo, que tanto mal hace en este tiempo, al dividir la Familia, y alejarla del Amor Misericordioso de Dios Padre Celestial.

María

Madre Nuestra.

Ruega por nosotros.

 

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