ORDO - CALENDARIO LITÚRGICO

IV Domingo de Cuaresma - Domingo Laetare - 14 de Marzo / 2021

"11 Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. 12 Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada»".

Jn. 6,11-12

HA SIDO ENVIADO PARA OFRECER SU PROPIA VIDA

"Jesús revela el significado de ese milagro, es decir, que el tiempo de las promesas ha concluido: Dios Padre, que con el maná había alimentado a los israelitas en el desierto, ahora lo envió a él, el Hijo, como verdadero Pan de vida, y este pan es su carne, su vida, ofrecida en sacrificio por nosotros. Se trata, por lo tanto, de acogerlo con fe, sin escandalizarse de su humanidad; y se trata de «comer su carne y beber su sangre» (cf. Jn 6, 54), para tener en sí mismos la plenitud de la vida. Es evidente que este discurso no está hecho para atraer consensos. Jesús lo sabe y lo pronuncia intencionalmente; de hecho, aquel fue un momento crítico, un viraje en su misión pública. La gente, y los propios discípulos, estaban entusiasmados con él cuando realizaba señales milagrosas; y también la multiplicación de los panes y de los peces fue una clara revelación de que él era el Mesías, hasta el punto de que inmediatamente después la multitud quiso llevar en triunfo a Jesús y proclamarlo rey de Israel. Pero esta no era la voluntad de Jesús, quien precisamente con ese largo discurso frena los entusiasmos y provoca muchos desacuerdos. De hecho, explicando la imagen del pan, afirma que ha sido enviado para ofrecer su propia vida, y que los que quieran seguirlo deben unirse a él de modo personal y profundo, participando en su sacrificio de amor. Por eso Jesús instituirá en la última Cena el sacramento de la Eucaristía: para que sus discípulos puedan tener en sí mismos su caridad —esto es decisivo— y, como un único cuerpo unido a él, prolongar en el mundo su misterio de salvación.

Al escuchar este discurso la gente comprendió que Jesús no era un Mesías, como ellos querían, que aspirase a un trono terrenal. No buscaba consensos para conquistar Jerusalén; más bien, quería ir a la ciudad santa para compartir el destino de los profetas: dar la vida por Dios y por el pueblo. Aquellos panes, partidos para miles de personas, no querían provocar una marcha triunfal, sino anunciar el sacrificio de la cruz, en el que Jesús se convierte en Pan, en cuerpo y sangre ofrecidos en expiación. Así pues, Jesús pronunció ese discurso para desengañar a la multitud y, sobre todo, para provocar una decisión en sus discípulos. De hecho, muchos de ellos, desde entonces, ya no lo siguieron.

Queridos amigos, dejémonos sorprender nuevamente también nosotros por las palabras de Cristo: él, grano de trigo arrojado en los surcos de la historia, es la primicia de la nueva humanidad, liberada de la corrupción del pecado y de la muerte. Y redescubramos la belleza del sacramento de la Eucaristía, que expresa toda la humildad y la santidad de Dios: el hacerse pequeño, Dios se hace pequeño, fragmento del universo para reconciliar a todos en su amor. Que la Virgen María, que dio al mundo el Pan de la vida, nos enseñe a vivir siempre en profunda unión con él.." Recuperado de: Obispo de Roma papa Benedicto XVI, 19 de agosto de 2012

"Y redescubramos la belleza del sacramento de la Eucaristía, que expresa toda la humildad y la santidad de Dios: el hacerse pequeño, Dios se hace pequeño, fragmento del universo para reconciliar a todos en su amor".

Obispo de Roma, Benedicto XVI

 

Homilía de San Agustín, Obispo.

Tratado 24 acerca de San Juan

"Los milagros que realizó Nuestro Señor Jesucristo son en verdad obras divinas, y nos ayudan en gran manera para conocer a Dios por medio de las cosas visibles. Él es de tal naturaleza que no puede ser visto con los ojos del cuerpo; por otra parte, los milagros, con los cuales gobierna todo el mundo y dirige todas las criaturas por su misma continuidad no excitan nuestra admiración, y así vemos que apenas nadie fija la atención en las admirables y extraordinarias maravillas de Dios que resplandecen en cualquier grano de semilla. Por esto, en su admirable misericordia, se reservó realizar, en tiempo oportuno, algunas obras fuera del ordinario curso de la naturaleza, a fin de que quedásemos sorprendidos viendo, no cosas mayores, sino desacostumbradas, ya que las de cada día no producían efecto en nuestro ánimo.

Ciertamente es mayor milagro el gobierno de todo el mundo que la alimentación de cinco mil hombres con cinco panes. Y con todo, de aquello nadie se admira. De esto nos admiramos, no porque sea cosa mayor, sino porque es rara. Y a la verdad ¿quién ahora alimenta a todo el mundo, sino aquel que con pocos granos produce los alimentos? Jesucristo obró,  pues,  como Dios. Con el mismo poder  con que multiplica pocos granos produciendo las mieses, hizo que en sus manos se multiplicasen los cinco panes. El poder estaba en las manos de Cristo. Aquellos cinco panes eran como semillas no puestas en la tierra sino multiplicadas por aquél que hizo la tierra.

Presentó, pues, este milagro a nuestros sentidos para elevar nuestros pensamientos, y lo mostró a nuestros ojos para ejercitar nuestra mente. Quiso que admiráramos al Dios invisible a través de sus obras visibles, a fin de que, robustecidos en la fe y purificados por ella, deseásemos ver a  aquel Dios cuya invisible realidad nos manifiesta las cosas visibles. Pero no solamente vemos estas cosas en los milagros de Cristo. Preguntamos a los mismos milagros qué nos predican a Cristo, pues también ellos tienen su lenguaje para quien sabe comprenderlos. En efecto, siendo Cristo el Verbo de Dios, todo lo que hace el Verbo es también una palabra para nosotros".

"Reconoced en el Pan lo que pendió de la cruz: En el Cáliz lo que manó del costado".

San Agustín 

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